“HAY UNA CATÁSTROFE DE GÉNERO, ES NECESARIO DARSE CUENTA»

“HAY UNA CATÁSTROFE DE GÉNERO, ES NECESARIO DARSE CUENTA»

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Entrevista con Rita Segato – REVISTA SUDESTADA

Rita Segato dice que se volvió una figura pública sin buscarlo. Hoy, la obra de la antropóloga feminista tiene presencia en todo el territorio de habla hispana. Es autora de los libros Las estructuras elementales de la violencia (2003), La nación y sus otros (2007), La guerra contra las mujeres (2016), Contra-pedagogías de la crueldad (2018) y un caudal de textos académicos. Dio testimonio de feminismos de montaña, tan distintos al nuestro, desplegó el lema “Cuerpo de mujer: peligro de muerte”, cuando sintió en carne propia que le dio su paso por Ciudad Juárez y generó una serie de escritos que permiten pensar a la violencia de género en su dimensión expresiva. Cuando habla de su vida, la piensa en reencarnaciones. En esta entrevista recibe a Sudestada en el barrio de San Telmo, en un momento de ebullición en los pueblos latinoamericanos (días después de la nota, sucedió el golpe en Bolivia y los dichos de Rita abrieron otro cauce a la polémica).

Rita Segato añoraba el encuentro con sus fantasmas. Como si los hubiese visto en sueños deambular por los pasillos de ese edificio de San Telmo donde vive: chorizo, de baldosas blancas y negras, construido para obreros. Las oportunidades la llevaban cada vez más lejos de su país, dice, pero quería encontrar el camino de vuelta. El encuentro finalmente se consumó con el retorno al punto de partida, a Buenos Aires, después de una búsqueda en otras rutas y paisajes. Cuando habla de su vida sin rutinas, Rita la piensa en reencarnaciones, un vaivén entre la academia y los vínculos. A la hora de escribir despliega sobre la mesa seis diccionarios. Busca la palabra, precisa, en el idioma que más se le acerca a lo que quiere decir. También las busca cuando conversa. Compone, evoca, enfatiza. «Yo siempre fui leal a lo que me gusta, a mi placer, que es pensar. Mi camino es el camino del estudio. Me considero una académica que piensa de manera insurgente», asegura.

Un mensaje desde Brasil se cuela entremedio de este diálogo con Sudestada: Lula Da Silva salió de la cárcel y la noticia sacude al continente. La antropóloga levanta la vista y apoya el celular sobre el mantel a cuadros. «Estamos hablando de un preso político», afirma con seriedad. Y eso empuja a un análisis más profundo sobre los feminismos y la situación actual de los Estados latinoamericanos.

Al cierre de esta edición, Rita manifestó su punto de vista respecto de los sucesos que atraviesa el presente político boliviano y generó una polémica en torno a su mirada.

-Parte de tu crítica intelectual apunta al hecho de que nuestros feminismos siempre han mirado hacia Europa, ¿qué cuestiones identitarias de Latinoamérica hemos salteado o dónde no pusimos atención por ese gesto?

-La situación de Bolivia y Ecuador hoy remite directamente a esa relación entre los feminismos y los Estados. Explica por qué perdemos las luchas todo el tiempo. Se da un paso adelante y dos atrás porque nuestra fe estatal nos dice que tomemos el Estado y el problema va a estar resuelto. Pero si la marcha no se hace en la sociedad, cuerpo a cuerpo, con la gente, de una forma arraigada en lo comunal y territorial, toda conquista se pierde tiempo después. Es un círculo vicioso. Es lo mismo que está pasando los países que menciono y que en cualquier momento puede volver a pasar en la Argentina. Tuvimos una victoria en las elecciones, pero si no se revierte en un trabajo con la gente, en los territorios, en la comunidad, en las economías arraigadas, locales, regionales, se va a perder. Últimamente estuve pensando mucho en el 2001, momento en el que se recolectiviza el país y hay cambios. Pero eso no fue aprovechado, porque de nuevo el Estado tomó el control de la economía, la historia y se perdieron invenciones que se generaron en contexto de crisis. A eso yo lo llamo el desarraigo: el país se desarraiga de sí mismo otra vez. Y la solución vuelve a ser en sentido institucional eurocéntrico. Pero es la sociedad que se ha transformado la que podrá tener un Estado diferente.

-¿Qué factores políticos e históricos explican ese desarraigo en el caso argentino y qué diferencias o puntos en común observás con otros procesos de la región?

-Estuve acá en noviembre de 2001, poco antes del estallido popular. Cuando este supera los sindicatos, los partidos políticos y los grupos de militancia; cuando es la gente –como sucedió en Chile? la que sale a la calle, ahí sí tenemos realmente un movimiento de las placas tectónicas. Sobre Chile se critica, por ejemplo, que no hay una vanguardia, una organización. Están equivocados. La oportunidad de una nueva historia aparece cuando salen a la calle quienes no están organizados: es al revés de lo que piensan. Entonces, eso pasó en 2001. La gente, fuera de la conducción de vanguardia, salió por desesperación ante la opresión económica y las políticas no confiables. Aparecieron las asambleas barriales, las ollas colectivas, comunes, el trueque, una gran cantidad de formas y respuestas a la situación de carencia. Después, vienen los gobiernos que empiezan a poner las cosas en orden. Los K: los mejores que hemos tenido, y el de Cristina fue el mejor de todos. Pero hubo una gran pérdida. No se optó por un camino anfibio que hubiera sido recuperar la economía con las apuestas al mercado global para hacer bienestar social. Noto, como alguien que ha visitado el país prácticamente como una extranjera a lo largo de mucho tiempo, que hubo un cambio en el 2001: se volvió más colectivista. El país que yo dejé era uno de individuos, de una ciudadanía homogénea, a raíz de un Estado autoritario en lo cultural que aplanó la nación y generó clones a través de la escuela. Pero cuando volví recientemente encontré que la gente besa al portero o al que cuida los coches en la puerta. Son pequeños gestos que indican la permanencia de vínculos colectivos…

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