LOS CRÍMENES DE CASTRO RODRÍGUEZ, EL CURA FEMICIDA QUE HORRORIZÓ A OLAVARRÍA EN 1888

LOS CRÍMENES DE CASTRO RODRÍGUEZ, EL CURA FEMICIDA QUE HORRORIZÓ A OLAVARRÍA EN 1888

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El sacerdote de la primera iglesia del pueblo había sido protestante y en ese período se había casado. Mantenía a su esposa y a su hija escondidas en Buenos Aires. Cuando la mujer quiso radicarse en Olavarría ante sospechas de infidelidad ocurrió lo peor.

Por Marcelo Metayer, de la Agencia DIB

Los devotos olavarrienses que concurrían a misa en la iglesia de San José entre junio y julio de 1888 se sorprendieron más de una vez cuando vieron llorar al cura. Cuando le preguntaban por qué estaba tan triste, Pedro Castro Rodríguez, nacido en La Coruña, contaba que había fallecido su madre en España justo cuando pensaba viajar a visitarla, y lo consolaban. Pero la verdad era otra, más oscura. Porque el sacerdote había llevado a cabo un espantoso doble crimen que ocultó de manera execrable: mató a su esposa y a su hija de nueve años e hizo enterrar los dos cuerpos en un solo ataúd. El hecho todavía es recordado con horror en la ciudad del centro bonaerense. Nadie sabe si las lágrimas del padre serían de arrepentimiento o de terror a los fuegos del infierno.

Nacido en 1844, Castro Rodríguez se había ordenado sacerdote muy joven y su congregación lo envió a Uruguay. En Montevideo renunció a la fe católica y abrazó el anglicanismo. Un pastor de esa iglesia le facilitó su traslado a Buenos Aires. Pedro tenía 25 años.

En 1871 conoció en Buenos Aires a Rufina Padín. Se casaron dos años después en una iglesia metodista. Durante un largo tiempo vivieron entre penurias. Pusieron una escuela en el barrio porteño de La Boca pero duró muy poco. Más tarde se mudaron a Ranchos, donde el cura realizó tareas rurales. En 1875, agobiado por su situación económica, solicitó una entrevista con el cura párroco de Nuestra Señora de La Merced, Mariano Antonio Espinosa, a quien le pidió ser nuevamente admitido en la Iglesia católica.

Espinosa lo aceptó, lo rehabilitó y luego lo envió como teniente cura a la ciudad de Azul. Hacia allí se dirigió la pareja, que tuvo a su hija María Petrona en julio de 1878. El sacerdote, otra vez católico, mantenía a su familia en secreto para no despertar sospechas. Luego convenció a su mujer y a su hija de que se trasladaran a Buenos Aires, donde las visitaría asiduamente.

En 1880 la situación de Pedro Castro Rodríguez mejoró: el arzobispado lo ascendió a cura párroco y lo transfirió a Olavarría para hacerse cargo de la iglesia. Se transformó así en el primer sacerdote del primer templo de la ciudad, San José, que se ubicaba donde ahora está el Teatro Municipal.

“El hombre era muy estimado por los feligreses por su carácter jovial, su cultura y sus modales”, cuenta Diego Zigiotto en “Buenos Aires Misteriosa 2”. Así, Castro Rodríguez pasó año tras año conviviendo con los olavarrienses y visitando a su familia en Buenos Aires.
Hasta que llegó el fatídico junio de 1888.

Veneno y martillo

El día 5, Rufina y Petrona tomaron el tren para ir a visitar al cura. Era la primera vez que viajaban a Olavarría. El sacerdote las recibió en la estación y las llevó a la casa parroquial. Tras la cena, servida por el sacristán Ernesto Perín, hubo una discusión. La mujer tenía dudas de la fidelidad de Castro Rodríguez y quería radicarse en la ciudad con la niña. El sacerdote se oponía de manera terminante.

Cuesta creer que un padre amoroso tome en cuestión de minutos una decisión criminal, pero todo indica que así fue. Cuando las mujeres se acostaron Pedro salió a caminar, pasó por una botica y robó un frasco de sulfato de atropina, un poderoso alcaloide derivado de la belladona.

Llegó a su casa y le dijo a Rufina que había ido a comprar algo para calmarle los nervios.

Metió una fuerte dosis del veneno en un pan y obligó a su esposa a comerlo, ayudada por varios vasos de agua. En poco tiempo Rufina comenzó a gritar, ante la turbación del asesino, que esperaba una muerte silenciosa. Entonces tomó un martillo y le descerrajó dos golpes en el cráneo. La mujer perdió el conocimiento mientras de su cabeza manaban chorros de sangre.

Cuando la niña descubrió el horroroso panorama empezó, también, a gritar. Su padre la abrazó, la obligó a abrir la boca y derramó allí el resto de la atropina. Petrona tardó tres horas en morir.

Dos cuerpos en un ataúd

Castro Rodríguez pasó la noche junto a los cadáveres. En horas de la mañana del 6 de junio fue a tramitar un permiso de inhumación. Contó que en el tren de la noche vendría un cadáver, de quien le habían encargado que le diera sepultura. Luego el párroco fue hacia la carpintería y encargó un féretro: “Hágame un cajón muy grande. Es para una señora muy gorda que me la mandan de afuera”.

Esa noche fue muy movida. Cuando tuvo el ataúd en su casa, primero metió el cuerpo de Rufina. Tuvo que arrastrarla por el piso, donde dejó un reguero de sangre. Tras acomodarla, era el turno de la niña. Pese a que el cajón era grande, le costó cerrarlo. “Para lograr el espacio suficiente debió sentarse sobre la tapa y hacer presión. De ese modo pudo colocar los tornillos y cerrarlo”, cuenta el periodista Walter Minor, otro de los cronistas del luctuoso suceso.

Al día siguiente hizo enterrar el ataúd e intentó limpiar las manchas de sangre de la casa. El sacristán las vio extrañado y le llamó la atención la ausencia de las mujeres.

Perín terminaría denunciando a Castro Rodríguez ante la Justicia pero recién el 28 de julio. Mientras tanto, el sacerdote daba misa, confesaba, hablaba con la gente. A veces, lloraba.

El prisionero de la celda 13

El flamante jefe de la Policía Bonaerense, comisario Carlos Costa, se trasladó de La Plata a Olavarría para hacerse cargo del caso. El cura fue detenido e interrogado, pero contestaba con evasivas. El 29 de julio se exhumaron los cuerpos de las infortunadas mujeres y Costa amenazó a Castro Rodríguez: “¡Si Ud. se obstina en negarme el hecho, me pondrá Ud. en el caso de llevarlo a presenciar el horrible espectáculo de la exhumación de los cadáveres corrompidos de sus víctimas!”.

El cura se quebró y confesó los asesinatos. Más tarde diría dónde había puesto los elementos del delito: el martillo y el frasco de veneno.
Pedro Castro Rodríguez fue juzgado por los crímenes y condenado a reclusión perpetua. La sentencia la cumplió, hasta su muerte en 1896, en la celda 13 del penal de Sierra Chica. El mismo número de la sepultura donde había hecho enterrar, bajo engaños, a su esposa y a su hija de nueve años. (DIB) MM

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