¿Y AHORA QUÉ?

¿Y AHORA QUÉ?

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Prof. Luis Guillermo Santos

Siempre considere que hay determinados momentos en que la Historia nos interpela, de alguna manera nos pone a prueba. Acontecimientos específicos. Bisagras que marcan inexorablemente un antes y un después. Este es uno de ellos.

Intentare no ser ingenuo, la violencia política al igual que ciertos debates ideológicos atraviesan gran parte de nuestra historia, del mismo modo que ha sucedido en otros Estados del mundo. Sin embargo, si algo muy precario había logrado, hasta estos días, la democracia era justamente desterrar del imaginario político y social la idea de la violencia como acción política. Nunca nadie había intentado matar a un presidente o vicepresidente en tiempos de democracia. Eso ya sucedió. El hecho en sí, y a pesar de la libertad para interpretar lo sucedido, marca el quiebre. Alguien le puso la frutilla al postre de la “Grieta” y atravesó limites que creíamos infranqueables. Y acá estamos como sociedad ante las puertas de esos momentos de inflexión. Algunos desgarrados y consternados, otros descreídos o lamentándose por lo que pudo ser pero finalmente no sucedió, o simplemente indiferentes. El más grave atentado contra la democracia o un plan maquiavélico y siniestro de puesta en escena. Ni siquiera el hecho de haberlo visto casi en vivo y en directo nos hace poner de acuerdo. Me pregunto, en que momento los argentinos nos transformamos en esto.

El odio se lo endosan de uno u otro lado, pero ninguno mínimamente se hace cargo. Qué sentido tiene preguntarnos quien la comenzó primero o quien es más responsable. Llegamos a donde no tendríamos que haber estado nunca. La culpa es de todos, no podemos no hacernos cargo. Todos hemos contribuido a que ese revolver gatillara a centímetros del rostro de la Vicepresidenta de la Nación. Y ahora qué, después de esto qué es lo que viene. No me lo quiero imaginar, no puedo ni siquiera intentar pensarlo.

Reconozco que fui parte de la grieta durante un tiempo, como así también, debo decir que hace algunos años dije nunca más a la grieta en mi vida. Aunque en tiempos de grieta debo admitir que a veces es fácil caer en la tentación. En términos político la grieta cotiza bien, es una vara que uno usa a discreción para decidir quién es bueno y quien no, quien es honesto y quién no. En fin, donde me posiciono para juzgar a un otro que ya no es el adversario con el que tengo diferencias pero con el que tengo que relacionarme y convivir, sino que se transformó en un enemigo al cual tengo el imperativo moral de destruir. La sociedad argentina eligió la grieta y debe hacerse cargo. Esto no es solamente un problema de la clase política, es de la sociedad en su conjunto que sigue ahondando aún más las diferencias y que por el momento pareciera seguir empecinada en profundizarla.

Es muy lindo a los oídos escuchar frases como “unidad nacional” o hacer un llamado a la paz social, sin embargo, cuando llega el momento de concretar esos imperativos históricos preferimos una vez más hacernos los desentendidos. Hoy debo confesar que perdí toda esperanza en un futuro mejor para nuestro país. Nada, pero absolutamente nada nos aparta de la grieta. De la dirigencia política que nos condujo hasta acá no podemos esperar otra cosa que no sea una grieta que se devora todo lo que encuentra a su paso, pero lo más triste es que el combustible que mantiene viva a la grieta lo aporta la propia sociedad. Destino de autodestrucción. Eso es lo que elegimos, tengamos al menos la coherencia y honradez de hacernos cargo. Debemos asumir que no saldremos mejores de esta encrucijada histórica. Al final no llegamos a Venezuela, nos quedamos varados en Haití sin esperanzas de regresar en el corto plazo aquel país lejano que supimos destruir. El tuyo, el mío, el de tus abuelos o el de mis viejos. ¿Te acordás? ¿Cómo era?

 

 

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